El Efecto Dominó: Cuando la Tormenta Exterior sacude Nuestro Mundo Interior, y Cómo Sostenernos en la Tormenta

“Mamá, ¿por qué tienes esa cara?”

La pregunta de mi hija, con apenas seis años, me pilló desprevenida. Yo creía estar disimulando, creía que mi máscara de normalidad funcionaba. Llevaba toda la mañana rumiando las noticias, preocupada por una conversación con mi jefe, dándole vueltas a cómo íbamos a llegar a fin de mes. Pero ella, con esa sabiduría infantil que no entiende de engaños, había visto lo que yo intentaba esconder: la tensión en mi mandíbula, la mirada perdida, ese suspiro hondo que se me escapó mientras pelaba una naranja.

Y es que los niños no necesitan que les expliquemos lo que pasa. Ellos lo sienten. Lo huelen. Lo absorben como esponjas finísimas que son.

Lo que los niños ven cuando creemos que no miran

La psicóloga clínica Lisa Damour lo explica con una claridad que duele: cuando los adultos que rodean a un niño están angustiados, los niños lo perciben de inmediato. No hacen falta discursos, no hacen falta noticias explicadas. Lo captan en nuestras miradas que se quedan fijas en un punto de la pared, en el tono de nuestras conversaciones a media voz, en esa tensión de nuestros hombros que no desaparece ni cuando intentamos relajarnos.

Recuerdo una tarde en el parque. Había una madre sentada en un banco, con el móvil en la mano, la frente fruncida, moviendo el pulgar sin parar. Su hijo de unos cuatro años se acercaba una y otra vez a enseñarle algo: un caracol, una piedra brillante, un dibujo en la arena. Y ella respondía con “sí, cariño, muy bonito”, sin levantar la vista, sin mirarlo realmente. El niño, al cabo de un rato, dejó de jugar. Se sentó a su lado, apoyó la cabeza en su brazo y se quedó quieto, con la mirada perdida. No lloraba, no pataleaba. Simplemente se había apagado.

Eso es lo que hacemos sin querer cuando nuestra cabeza está en otra parte. Les transmitimos que no estamos disponibles, que el mundo es un lugar que absorbe a los adultos y los deja ausentes. Y ellos, que lo interpretan todo como si fuera culpa suya, piensan: “algo malo habré hecho para que mamá no me mire”.

El Cuerpo Habla: Cuando los Niños Nos Cuentan sin Palabras lo que No Pueden Explicar

Los adultos tenemos palabras para decir “estoy preocupado” o “tengo miedo”. Los niños, sobre todo los pequeños, no. Su cuerpo y su juego se convierten en su único lenguaje.

Un amigo psiquiatra infantil me contó la historia de un niño de siete años que llegó a consulta porque había dejado de comer. Los padres habían probado de todo: ruegos, amenazas, premios, castigos. Nada funcionaba. El niño, antes alegre y comunicativo, se había vuelto un fantasma que solo movía la comida del plato. En las sesiones, el psiquiatra no le preguntó por la comida. Le pidió que dibujara. Y el niño dibujó una y otra vez lo mismo: una casa pequeña y fuera muy grande, una nube negra que lo cubría todo. Al preguntarle qué era esa nube, el niño respondió: “Es lo que papá y mamá miran cuando creen que no los veo”.

Resultó que sus padres, sin decírselo explícitamente, pasaban horas viendo las noticias, comentando en voz baja la crisis, el futuro incierto, los problemas económicos. El niño no entendía las palabras, pero entendía el miedo. Y su cuerpo, fiel soldado, había dejado de tener hambre.

Un niño que antes dormía plácidamente y ahora tiene pesadillas no es un niño “malo” o “caprichoso”. Es un niño que está procesando, mientras duerme, el caos que no puede procesar despierto. Un niño que dibuja explosiones una y otra vez no es un niño violento: es un niño que intenta ordenar, en el papel, el desorden que siente dentro.

La pediatra de cabecera de mis hijos, con treinta años de experiencia, me dijo una vez: “Cuando un niño se enferma sin causa física, cuando tiene dolores de barriga que van y vienen sin explicación, cuando se queja de cabeza sin tener fiebre, lo primero que miro no es su cuerpo, sino su entorno. Porque los niños somatizan lo que no pueden decir. Su estómago habla cuando su boca calla”.


Adolescentes: la edad en que el mundo se vuelve insoportablemente real

Con los jóvenes, la cosa se complica. Ya no dibujan nubes negras. Ya verbalizan. Y lo que verbalizan, a veces, da mucho miedo.

Mi sobrina, que acaba de cumplir dieciséis, me soltó el otro día mientras merendábamos: “Tío, no entiendo por qué os empeñáis en que estudie, en que planifique mi futuro, si igual dentro de diez años no hay futuro. O hay una guerra, o el clima se carga el planeta, o vete a saber qué. ¿Para qué voy a esforzarme?”.

Me quedé helado. No porque no hubiera pensado algo parecido alguna vez, sino por la naturalidad con que lo dijo. Como si hablar de la aniquilación del futuro fuera tan cotidiano como hablar del tiempo.

La psicóloga y educadora Carlota García, que trabaja con adolescentes en un instituto público, me explicaba que esto es mucho más común de lo que creemos. *”Los adolescentes de hoy no son la generación de cristal. Son la generación que ha crecido con crisis perpetua. Nacieron con el 11-S, vivieron la crisis del 2008, luego la pandemia, ahora las guerras, la crisis climática… No han conocido un solo periodo de estabilidad global en sus vidas. Y eso marca*.

El problema, según Carlota, es que los adultos tienden a responder mal. Les decimos cosas como: “No te preocupes por eso, eres muy joven para pensar en esas cosas” o “Tú a lo tuyo, que eso lo arreglarán los mayores”. Y ellos, con esa antena finísima que tienen para detectar la hipocresía, perciben que no los tomamos en serio. Que minimizamos sus miedos. Que, en el fondo, preferimos no hablar de ello porque nosotros tampoco sabemos cómo manejarlo.

Un adolescente que siente que sus miedos son minimizados aprende una lección peligrosa: “lo que siento no importa, así que para qué compartirlo”. Y entonces se calla. Y entonces se queda solo con su ansiedad. Y entonces empiezan los problemas de verdad.

Carlota me contó el caso de un chico de diecisiete años que dejó de salir de casa. Literalmente. Se encerró en su habitación, dejó de ver a sus amigos, suspendió todo. Los padres, desesperados, lo llevaron a terapia. Y allí, después de muchas sesiones, el chico soltó: “¿Para qué voy a salir, si fuera solo hay mierda? ¿Para qué voy a hacer amigos, si igual luego los matan en una guerra? ¿Para qué voy a planificar nada, si no hay futuro?”.

No era depresión clínica, aunque lo pareciera. Era una reacción perfectamente lógica a un mundo que le había enseñado que el futuro no es un lugar seguro. Su encierro no era pereza ni capricho: era su manera de protegerse de un mundo que le aterraba.


Adultos: El Desafío de Sostener a Otros Cuando Uno Mismo se Tambalea

Y luego estamos nosotros. Los que estamos en medio de todo. Los que tenemos que gestionar nuestro propio miedo mientras fingimos, delante de los niños, que todo va bien. Los que tenemos que pagar facturas, mantener trabajos, cuidar padres mayores, atender parejas, y encima mantener la calma.

Una amiga me describió una vez esa sensación con una imagen que nunca he olvidado: 

“Es como estar en un barco que hace agua por todos lados, y tener que seguir sonriendo y sirviendo la cena como si tal cosa, mientras por dentro solo piensas en todos los agujeros que no sabes cómo tapar”.

El estrés crónico, esa sensación de vivir en alerta permanente, se convierte en nuestro estado natural. Y entonces pasan cosas. Nos irritamos por tonterías. Gritamos por cosas que no lo merecen. Nos agotamos sin haber hecho gran cosa. Dormimos mal. Comemos peor. Dejamos de hacer las cosas que nos gustaban porque “no tenemos energía” o “no merece la pena”.

Un compañero de trabajo, al que siempre había visto como una roca, alguien imperturbable que gestionaba equipos de cien personas sin inmutarse, me confesó un día, después de unas copas, que llevaba meses durmiendo con la luz encendida. “No es que tenga miedo a la oscuridad”, dijo riendo, pero con una risa triste. “Es que si me despierto en la oscuridad, empiezo a darle vueltas a todo. A la hipoteca, a la guerra, a si mis hijos estarán seguros, a si podré darles estudios, a si este mundo se va a la mierda. Con la luz encendida, no sé por qué, las vueltas son menos negras”.

Ese es el precio que pagamos. La carga que llevamos sin hablar de ella, porque “hay que ser fuertes”, porque “no podemos derrumbarnos”, porque “los niños nos necesitan”. Pero resulta que los niños también nos necesitan enteros, no fingidos. Y a veces, para estar enteros, necesitamos permitirnos tambalearnos.


La Paradoja de la Fortaleza: Lo que Aprendí de Mi Madre

Mi madre, que ya tiene cierta edad y ha vivido unas cuantas crisis, me dio una lección el otro día sin pretenderlo. Estábamos en su casa, yo despotricando contra todo, contra el gobierno, contra la situación, contra la gente que no hace nada. Ella me escuchó en silencio, como siempre, y luego dijo:

“Hijo, cuando tu padre enfermó, yo creía que me iba a hundir. Me pasaba el día fingiendo que todo iba bien, que yo estaba bien, que podía con todo. Hasta que un día, delante de ti, rompí a llorar sin poder parar. Y tú, que tendrías unos doce años, te sentaste a mi lado, me pasaste el brazo y me dijiste: ‘tranquila, mamá, que estamos aquí’. Ese día entendí que la fortaleza no es no caer. Es dejar que te vean caer, y levantarse con los que te quieren al lado”.

Y es cierto. Porque cuando ocultamos nuestro miedo, cuando nos empeñamos en parecer fuertes a toda costa, lo que hacemos es enseñar a nuestros hijos que sentir miedo está mal, que las emociones difíciles hay que esconderlas, que la vulnerabilidad es una debilidad. Y luego nos extrañamos de que ellos, cuando crecen, no sepan pedir ayuda.

Referencias y lecturas recomendadas:

  • Bilbao, Á. (2015). El cerebro del niño explicado a los padres. Plataforma Editorial.
  • Damour, L. (2016). Untangled: Guiding Teenage Girls Through the Seven Transitions into Adulthood. Ballantine Books.
  • Damour, L. (2019). Under Pressure: Confronting the Epidemic of Stress and Anxiety in Girls. Ballantine Books.
  • Damour, L. (2023). The Emotional Lives of Teenagers. Ballantine Books.
  • Navarro, T. (2021). Tus líneas rojas: Aprende a poner límites, cuidarte y protegerte. Vergara.
  • Sunderland, M. (2017). Ciencia y arte en la terapia con niños y adolescentes. Eleftheria.
Marvi Medina
Marvi Medina
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