Hay días en los que estar bien también significa estar triste

Hay días en los que despertamos, hacemos café, respondemos mensajes, trabajamos, conversamos y hasta nos reímos.

Desde afuera, todo parece estar bien.

Y quizá lo está.

Pero entonces aparece una fecha. Una canción. Una fotografía. Un olor. Un lugar. Una frase que alguien dice sin saber lo que significa para nosotros.

Y algo dentro cambia.

No necesariamente porque hayamos retrocedido.

No porque no hayamos sanado.

Simplemente porque algunas experiencias dejan una huella que el tiempo no tiene por qué borrar.

Vivimos en una sociedad que muchas veces interpreta la recuperación como una línea recta. Parece existir una expectativa silenciosa de que, después de atravesar algo doloroso, debemos pasar por ciertas etapas, superarlo y continuar.

Pero la experiencia humana rara vez funciona de una manera tan ordenada.

Sanar no siempre significa dejar de sentir

Hay una idea que repetimos con frecuencia cuando alguien atraviesa una pérdida:

“Tienes que seguir adelante.”

La intención suele ser buena.

El problema aparece cuando confundimos seguir adelante con dejar atrás.

Podemos reconstruir nuestra vida sin borrar lo vivido.

Podemos volver a sentir alegría sin traicionar aquello que alguna vez nos hizo llorar.

Podemos crear nuevos recuerdos sin reemplazar los anteriores.

Y podemos estar bien y, al mismo tiempo, tener días en los que algo todavía duele.

Las dos cosas pueden existir juntas.

La psicología contemporánea del duelo ha cuestionado precisamente la antigua idea de que adaptarse a una pérdida necesariamente requiere desprenderse emocionalmente de quien murió.

Una línea de investigación conocida como continuing bonds, o vínculos continuos, estudia las diferentes maneras en que las personas mantienen una relación interior con alguien que ya no está físicamente presente.

Ese vínculo puede manifestarse a través de recuerdos, objetos, rituales, conversaciones internas, valores aprendidos o incluso decisiones que todavía llevan algo de aquella persona.

Una revisión sistemática publicada en Death Studies, que analizó 79 estudios, encontró que estos vínculos pueden participar en procesos como la reconstrucción de significado, la identidad y la transformación de la relación con la persona fallecida. La misma investigación señala algo importante: estos vínculos pueden producir tanto consuelo como dolor y no funcionan de la misma manera para todas las personas.

Tal vez por eso sanar sea mucho más complejo que olvidar.

La memoria no entiende de calendarios

Hay recuerdos que permanecen silenciosos durante meses y aparecen inesperadamente.

Y hay fechas que nuestro corazón parece reconocer antes que nosotros.

Aniversarios.

Cumpleaños.

Celebraciones.

Una época particular del año.

No necesitamos estar pensando conscientemente en algo para que una imagen, una canción o una tradición despierte emociones que parecían dormidas.

Eso no significa necesariamente que todo el camino recorrido haya desaparecido.

Significa que recordamos.

Y recordar también forma parte de nuestra historia.

Quizá uno de los errores más frecuentes sea medir nuestra recuperación preguntándonos:

“¿Por qué todavía me afecta?”

Cuando tal vez una pregunta más amable sería:

“¿Qué significa para mí que todavía lo recuerde?”

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la conversación interior.

La primera pregunta nos juzga.

La segunda intenta comprendernos.

No todo vínculo necesita desaparecer

Durante buena parte del siglo XX, algunas concepciones del duelo enfatizaban la necesidad de desprenderse emocionalmente de la persona fallecida para poder adaptarse.

Con el tiempo, esa perspectiva comenzó a cambiar.

Investigadores como Margaret Stroebe y Henk Schut han señalado que la evidencia no permite afirmar simplemente que conservar un vínculo sea siempre saludable ni que abandonarlo sea siempre necesario. La experiencia depende de la persona, de la relación y de la forma que adopta ese vínculo.

Eso introduce una idea profundamente humana:

Quizá algunas personas no necesitan desaparecer de nuestra vida interior para que nosotros podamos continuar viviendo.

A veces permanecen de otra manera.

En una receta que seguimos preparando.

En una expresión que terminamos diciendo igual que ellas.

En una fotografía que nunca pensamos guardar durante tantos años.

En determinadas canciones.

En las historias que contamos.

En aquello que aprendimos de ellas.

Incluso en la persona que nosotros mismos llegamos a ser.

No vivimos permanentemente mirando hacia atrás.

Simplemente reconocemos que una parte de nuestro presente fue construida también por quienes caminaron alguna vez con nosotros.

La tristeza no cancela la felicidad

Existe otra idea que quizá deberíamos cuestionar: pensar que si volvemos a sentir tristeza significa que dejamos de estar bien.

Las emociones humanas no funcionan como interruptores.

Podemos sentir gratitud y nostalgia, amor y ausencia, alegría y tristeza, esperanza y miedo.

Incluso podemos reír mientras extrañamos profundamente a alguien.

Una emoción no necesariamente invalida la otra.

La vida adulta está llena de esas contradicciones.

Quizá la madurez emocional no consista en escoger qué emoción tenemos permitido sentir, sino en aprender a reconocerlas sin permitir que una de ellas defina toda nuestra existencia.

También es importante hacer una distinción. Existe una diferencia entre experimentar momentos de tristeza relacionados con una pérdida y vivir un sufrimiento persistente e incapacitante. La American Psychiatric Association reconoce actualmente el trastorno de duelo prolongado como una condición específica cuando determinados síntomas intensos y persistentes producen un deterioro significativo y exceden las expectativas sociales, culturales o religiosas del contexto de la persona.

Sentir tristeza, por sí sola, no significa que algo esté mal.

Pero tampoco debemos romantizar el sufrimiento ni pensar que pedir ayuda significa haber fracasado en nuestro proceso.

A veces continuar también significa permitir que alguien nos acompañe.

Tal vez no se trata de olvidar

Con los años acumulamos muchas versiones de nosotros mismos.

La persona que éramos antes de ciertas experiencias.

La que tuvo que atravesarlas.

Y la que aprendió a vivir después de ellas.

Todas siguen formando parte de nosotros.

Quizá por eso algunas heridas dejan de estar abiertas, pero conservan una cicatriz.

No vivimos observándola todos los días.

Sin embargo, sabemos que está allí.

Y de vez en cuando la tocamos.

No necesariamente con desesperación.

A veces con ternura.

A veces con nostalgia.

A veces simplemente para recordar.

Estar bien también puede verse así

Estar bien puede ser levantarse y continuar.

Puede ser construir nuevos proyectos.

Volver a enamorarse de la vida.

Hacer planes.

Viajar.

Trabajar.

Reír hasta que nos duela el estómago.

Celebrar lo que tenemos.

Pero estar bien también puede consistir en escuchar una canción y guardar silencio durante unos minutos.

Mirar una fotografía.

Extrañar.

Llorar un poco.

Y después continuar con nuestro día.

No todo momento de tristeza necesita ser reparado.

Algunos solamente necesitan ser vividos.

Porque seguir adelante no siempre significa dejar atrás.

A veces significa aprender a caminar llevando con nosotros aquello que fue importante, sin permitir que su ausencia nos impida descubrir todo lo que todavía puede llegar.

Y quizá allí exista una forma diferente de sanar:

No olvidar lo que amamos, sino aprender a recordarlo sin dejar de vivir.


Para reflexionar

Quizá hoy valga la pena preguntarnos:

¿Hay algo que durante mucho tiempo intentaste “superar”, cuando en realidad necesitabas aprender a integrarlo como parte de tu historia?

No tienes que responderle a nadie.

A veces basta con responderte a ti.


Fuentes y lecturas

  • Hewson, H., Galbraith, N., Jones, C. & Heath, G. (2024). The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Studies, 48(10), 1001–1014.
  • Stroebe, M. & Schut, H. (2005). To continue or relinquish bonds: A review of consequences for the bereaved. Death Studies, 29(6), 477–494.
  • Root, B. L. & Exline, J. J. (2014). The role of continuing bonds in coping with grief: Overview and future directions. Death Studies, 38(1–5), 1–8.
  • Stroebe, M., Schut, H. & Boerner, K. (2010). Continuing bonds in adaptation to bereavement: Toward theoretical integration. Clinical Psychology Review, 30(2), 259–268.
  • American Psychiatric Association. Prolonged Grief Disorder. DSM-5-TR / Psychiatry.org.

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