Hay días en los que creemos estar bien. Nos levantamos, atendemos nuestras responsabilidades, trabajamos, hacemos planes y continuamos construyendo la vida que tenemos delante. Quizás hasta reímos, disfrutamos una comida o celebramos una pequeña victoria.
Entonces llega una llamada. Al otro lado escuchamos esa voz que conocemos de memoria. Preguntamos cómo están todos, hablamos de cosas cotidianas y tratamos de aprovechar cada minuto. Por un momento, la distancia parece hacerse más pequeña.
Pero la llamada termina. La pantalla se apaga y queda un silencio extraño. Estamos felices porque pudimos verlos, porque sabemos que están bien y porque todavía podemos formar parte de sus vidas. Sin embargo, también aparece un vacío que no siempre sabemos explicar.
Es en ese momento cuando comprendemos que se puede sentir alegría y tristeza al mismo tiempo.
Una parte de nosotros siempre permanece allá
Vivir lejos de las personas que amamos produce sentimientos encontrados. Podemos sentirnos orgullosos de la vida que hemos construido y, al mismo tiempo, desear estar en otro lugar. Podemos agradecer las oportunidades que encontramos y extrañar profundamente todo lo que dejamos atrás.
Una emoción no cancela la otra.
Extrañar no significa que seamos desagradecidos. Estar contentos tampoco quiere decir que hayamos olvidado nuestras raíces o a quienes continúan esperando por nosotros.
Quienes viven lejos conocen muy bien esa división silenciosa. El cuerpo aprende a desenvolverse en un nuevo lugar, pero el corazón continúa recorriendo caminos conocidos: la casa familiar, la cocina de nuestra madre, las conversaciones alrededor de una mesa, las celebraciones improvisadas y hasta aquellas pequeñas discusiones que, vistas desde la distancia, también terminan haciendo falta. A veces basta un olor, una canción o una receta para llevarnos de regreso.
Por unos segundos estamos allí. Después miramos a nuestro alrededor y recordamos dónde nos encontramos.
La culpa que algunas veces acompaña la distancia
Junto con la nostalgia suele aparecer la culpa. Nos preguntamos si estamos llamando lo suficiente, si deberíamos hacer más o si nuestra ausencia puede sentirse como abandono. Cuando ocurre algo importante en la familia, quisiéramos atravesar la distancia de inmediato.
“Debería estar allí”.
Esa frase puede aparecer incluso cuando sabemos que no es posible. Muchas separaciones familiares no nacen de una decisión sencilla. Algunas personas se marchan buscando seguridad, trabajo o estabilidad. Otras lo hacen para ayudar económicamente a quienes permanecen en casa. Hay quienes salen pensando que será por poco tiempo y descubren que los meses se convirtieron en años.
También están quienes desean regresar, pero todavía no pueden hacerlo.
Una revisión sistemática realizada por Naseh, Zeng, Ahn, Cohen y Rfat (2024) examinó los efectos de la separación familiar relacionada con la migración. Los investigadores encontraron que estas experiencias pueden asociarse con estrés, ansiedad, alteraciones del sueño y otras dificultades emocionales tanto en los adultos como en los niños.
El estudio también distingue entre diferentes circunstancias: separaciones forzadas, separaciones condicionadas por opciones limitadas y el temor constante de que la familia pueda ser separada. Esta distinción es importante porque nos recuerda que marcharse o permanecer lejos no siempre constituye una decisión completamente libre.
Comprenderlo no hace desaparecer la tristeza, pero puede ayudarnos a tratarnos con un poco más de compasión.
Hicimos lo que pudimos con las posibilidades que teníamos. Y todavía lo estamos haciendo.
Están lejos, pero siguen presentes
La investigadora y terapeuta familiar Pauline Boss (1999) desarrolló el concepto de pérdida ambigua para explicar aquellas ausencias que no tienen una conclusión clara.
Una de sus formas ocurre cuando una persona se encuentra físicamente ausente, pero continúa profundamente presente en nuestra vida emocional. No se trata de una pérdida definitiva. La persona sigue formando parte de nuestra historia, aunque ya no participe físicamente en nuestra vida cotidiana.
Décadas después, la Universidad de Minnesota (2024) retomó el trabajo de Boss y explicó que la inmigración puede producir esta clase de ausencia. Cuando una persona se muda a otro país, deja atrás familiares, lugares, costumbres y fragmentos de su historia que continúan formando parte de su identidad.
Quizás por eso pensamos en nuestros seres queridos al tomar decisiones importantes. Guardamos una noticia durante todo el día porque queremos contarla en la próxima llamada. Vemos algo en una tienda e inmediatamente pensamos que le gustaría a nuestra madre, a un hermano, a un hijo o a ese amigo que siempre ha sido familia.
Aprendemos a llevarlos con nosotros. Están en las recetas que seguimos preparando, en las expresiones que repetimos sin darnos cuenta y en esa necesidad de decir “cuando vuelva”, aunque todavía no sepamos exactamente cuándo será.
Ponerle un nombre a lo que sentimos no elimina la ausencia, pero nos ayuda a comprender que no estamos exagerando ni siendo demasiado sensibles. Lo que sentimos tiene sentido: alguien puede estar lejos de nuestros ojos y continuar habitando nuestros pensamientos, decisiones y recuerdos.
Una videollamada no puede reemplazar un abrazo
La tecnología nos ha regalado maneras de acompañarnos que antes no existían.
Podemos ver cómo crecen los niños, participar en un cumpleaños mediante una pantalla o enviar una nota de voz apenas sentimos la necesidad de escuchar a alguien. Una videollamada puede reunir durante unos minutos a personas que viven en países distintos.
Todo eso importa.
Pero también es cierto que una llamada no puede sustituir completamente la tranquilidad de estar cerca. La tecnología acorta los kilómetros, aunque no siempre consigue calmar la ausencia.
No nos permite sentarnos al lado de quien atraviesa un momento difícil. No reemplaza el abrazo que quisiéramos dar ni la posibilidad de llegar rápidamente cuando alguien nos necesita.
Algunas veces cerramos la llamada con una sonrisa. Otras veces necesitamos respirar profundamente antes de continuar con el día.
Ambas reacciones son humanas.
Lo que verdaderamente duele es el paso del tiempo
Quizás la parte más difícil de vivir lejos no sea únicamente la distancia. Es saber que el tiempo continúa avanzando en los dos lugares.
Los padres envejecen. Los niños crecen. Las casas cambian. Algunas personas se marchan antes de que podamos volver a verlas. Las tradiciones familiares continúan, pero nuestra silla permanece vacía.
Notamos cambios pequeños durante las videollamadas: un poco más de cansancio en la voz, un nuevo gesto o algunas canas que antes no estaban. Preguntamos si todo está bien y queremos creer la respuesta.
Mientras tanto, nuestra vida también cambia. A veces sentimos que pertenecemos a dos mundos y que no estamos completamente en ninguno. Cuando estamos aquí, pensamos en lo que ocurre allá. Cuando finalmente regresamos, descubrimos que el lugar cambió y que nosotros también somos diferentes.
Tal vez lo que más duele no sean solamente los kilómetros. Es saber que el tiempo continúa avanzando a ambos lados de la distancia.
Podemos tener compañía y aun así sentirnos solos
La soledad no siempre significa estar sin personas alrededor. Podemos trabajar, conversar, salir, crear nuevas amistades y continuar sintiendo la ausencia de alguien en particular. Hay vínculos que no pueden reemplazarse simplemente aumentando la cantidad de personas que conocemos.
Hou y Schimmele (2021) analizaron información de Statistics Canada y encontraron que tanto los inmigrantes recientes como quienes llevaban más tiempo en el país reportaban mayores niveles de soledad que las personas nacidas en Canadá. Los resultados también sugieren que el paso de los años, por sí solo, no necesariamente hace desaparecer ese sentimiento.
Los autores explican la diferencia entre la soledad social y la soledad emocional. La primera se relaciona con la falta de una red amplia de contactos; la segunda surge cuando echamos de menos una conexión cercana e íntima.
Esta diferencia ayuda a comprender por qué una persona puede tener amigos, compañeros de trabajo y una vida activa, pero continuar sintiendo un vacío.
No siempre extrañamos compañía. A veces extrañamos a una persona específica, una conversación particular o la sensación de estar en casa sin tener que explicar quiénes somos.
Hacernos presentes desde donde estamos
No siempre podemos cambiar la distancia, pero sí podemos cuidar la forma en que seguimos acompañándonos.
Una llamada corta, hecha con atención, puede ser más valiosa que una conversación larga mientras estamos ocupados con otras cosas. Una fotografía de algo cotidiano puede decir: “Pensé en ti”. Una receta preparada al mismo tiempo en dos cocinas diferentes puede convertirse en una nueva tradición.
No tenemos que esperar una fecha especial para comunicarnos.
Podemos compartir las cosas pequeñas: lo que cocinamos, algo gracioso que ocurrió durante el día, una planta que comenzó a florecer o el cielo que se veía especialmente bonito esa tarde. La vida familiar también se construye con momentos que parecen insignificantes.
Y cuando sintamos tristeza, podemos decirlo.
No siempre tenemos que responder “estoy bien” para evitar preocupar a los demás. Hablar de cuánto nos extrañamos no necesariamente hace más pesada la distancia. En ocasiones, simplemente nos recuerda que el vínculo sigue vivo en los dos lados.
También podemos hacer planes para reencontrarnos cuando las circunstancias lo permitan. No como una promesa imposible ni como una fecha que deba resolverlo todo, sino como una esperanza concreta hacia la cual mirar.
Mientras ese momento llega, seguimos buscando formas de estar.
Estar lejos no significa amar menos
Quizás nunca aprendamos a vivir completamente en paz con la distancia.
Habrá días tranquilos y otros en los que una canción, una fotografía o una despedida despierten todo lo que creíamos tener bajo control. La nostalgia no sigue un calendario y tampoco pide permiso. Pero podemos dejar de juzgarnos por sentirla.
Podemos estar agradecidos por la vida que hemos construido y tristes por las cosas que nos estamos perdiendo. Podemos querer permanecer aquí y desear, al mismo tiempo, estar allá. El corazón tiene espacio para las dos verdades.
Estar lejos no significa amar menos. A veces significa aprender a amar de otra manera: mediante una pantalla, una nota de voz, una fotografía, un paquete enviado con cuidado o una fecha marcada en el calendario.
Tal vez no sea la forma que hubiéramos elegido. Sin embargo, es nuestra manera de decir:
“Sigo aquí. Sigo pensando en ti. Sigues siendo parte de mi vida”.
Porque hay distancias que separan los cuerpos, pero no consiguen enseñarle al corazón a olvidar el camino de regreso.
Conversemos
Si hoy pudieras sentarte unos minutos junto a esa persona que tanto extrañas, ¿qué sería lo primero que le dirías?
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Referencias bibliográficas
Boss, P. (1999). Ambiguous Loss: Learning to Live with Unresolved Grief. Harvard University Press. Consultar registro bibliográfico.
Hou, F., & Schimmele, C. (2021). Self-reported loneliness among recent immigrants, long-term immigrants, and Canadian-born individuals. Statistics Canada. Consultar publicación.
Naseh, M., Zeng, Y., Ahn, E., Cohen, F., & Rfat, M. (2024). Mental Health Implications of Family Separation Associated with Migration Policies in the United States: A Systematic Review. Social Science & Medicine, 352, 116995. Consultar mediante DOI.
University of Minnesota, College of Education and Human Development. (2024). Ambiguous loss: When closure doesn’t exist. Consultar publicación.





