Un extravío silencioso que muchos están viviendo
Hace unos meses, me quedé mirando la pantalla de mi computadora durante veinte minutos. No estaba bloqueado creativamente. No estaba cansado. Era algo más extraño: el texto que escribía me parecía correcto, pero no me pertenecía. Como si alguien hubiera entrado a mi casa y hubiera movido los muebles apenas unos centímetros. Todo estaba en su lugar, pero nada se sentía mío.
Esa sensación tiene nombre, aunque pocos lo dicen en voz alta: desidentificación laboral. Y está pasando mucho más de lo que creemos.
El primer síntoma: ya no reconoces tu firma
Recuerdo que solía terminar mis jornadas con una pequeña satisfacción, como quien cierra la puerta de su casa sabiendo que todo está en orden. Pero en algún punto, sin que hiciera ruido, ese placer se transformó en alivio por haber terminado. No disfrutaba el proceso, solo agradecía que se acabara.
La psicóloga organizacional Christina Maslach, pionera en el estudio del burnout, señala que uno de los componentes centrales del desgaste profesional es precisamente “la sensación de ineficacia y pérdida de conexión con el sentido original del trabajo” (Maslach & Leiter, 2016, p. 43). No es solo cansancio: es dejar de sentirse uno mismo en lo que hace.
Y eso duele de manera particular porque, para muchos, el trabajo no es solo un medio. Es una extensión de quienes somos.
Cuando la autenticidad se convierte en lujo
Empecé a preguntarme: ¿cuándo dejé de ser yo aquí? La respuesta fue incómoda. Fue cuando comencé a priorizar la voz de la empresa por encima de la mía. Cuando acepté que las métricas importaban más que las ideas. Cuando cambié mi forma de redactar para que sonara menos a mí y más a “lo que se espera”.
El filósofo Byung-Chul Han describe esto como la violencia positiva del sistema laboral actual: “El trabajador ya no es explotado, sino que se explota a sí mismo creyendo que está realizándose. Pero esa libertad termina siendo un nuevo tipo de coerción” (Han, 2017, p. 56). Y es cierto: nadie me obligaba a dejar de ser auténtico. Yo solito apagué mis manías, mis ocurrencias, mi forma particular de mirar las cosas. Porque pensé que así avanzaba más rápido.
Lo peor no es el agotamiento, es la indiferencia
El agotamiento se puede arreglar con vacaciones. La indiferencia no. Cuando tu trabajo ya no se siente como tú, lo que aparece no es tristeza enorme. Es un vacío gris. Haces las cosas bien, incluso excelente, pero sin ganas de contarlo. Sin esa chispa que antes te hacía decir: “esto es mío”.
La investigadora Amy Wrzesniewski, de la Universidad de Yale, ha documentado cómo el significado que le damos al trabajo puede transformarse con el tiempo. Ella dice: “No es la tarea en sí lo que quema a las personas, sino la desconexión entre la tarea y la identidad personal” (Wrzesniewski & Dutton, 2018, p. 112). Y esa desconexión no se soluciona con un ascenso. Se soluciona recuperando la posibilidad de poner algo de uno en lo que se hace.
Empezar a volver (sin renunciar necesariamente)
No voy a romantizar la renuncia. Muchos no podemos darnos ese lujo. Pero sí descubrí pequeñas rebeliones que me ayudaron a reencontrarme:
- Volví a escribir una hora por la mañana solo para mí, sin métricas ni clientes.
- Empecé a decir “esto no me representa” cuando me pedían algo vacío, incluso a riesgo de incomodar.
- Dejé de responder correos después de cierta hora, no por productividad, sino por dignidad.
Como escribe el psicólogo suizo Carl Gustav Jung, en una observación que parece hecha para este tiempo: “Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta” (Jung, 1964/2012, p. 78). Y sí: despertar es incómodo. Pero soñar que tu trabajo sigue siendo tuyo, cuando ya no lo es, termina siendo más caro.
“La mayoría de las revoluciones comienzan cuando alguien recuerda quién es en medio de un sistema que ha hecho todo por hacerle olvidar”
Rebeca Solnit, 2016
Lo que he aprendido
Hoy, cuando alguien me dice “mi trabajo ya no se siente como yo”, le creo. No es flojera. No es falta de propósito. Es una señal real de que la persona y la actividad se han separado. Y esa separación no se cura con un aumento o con un día libre.
Se cura, tal vez, con un permiso pequeño: el de volver a hacer las cosas como tú las harías. Aunque sea en un rincón. Aunque nadie lo note. Porque al final, como bien dice la escritora Rebecca Solnit: “La mayoría de las revoluciones comienzan cuando alguien recuerda quién es en medio de un sistema que ha hecho todo por hacerle olvidar” (Solnit, 2016, p. 134).
Tal vez esa sea la única tarea real que nos queda cuando el trabajo deja de sentirse nuestro: recordar. Y después, actuar como si esa memoria importara.
Referencias bibliográficas (formato APA)
- Han, B. C. (2017). La sociedad del cansancio. Herder Editorial.
- Jung, C. G. (2012). El hombre y sus símbolos (L. López-Ballesteros, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1964)
- Maslach, C., & Leiter, M. P. (2016). Burnout: El proceso de desgaste en el trabajo. Pirámide.
- Solnit, R. (2016). Esperanza en la oscuridad: Historias no contadas, posibilidades desmedidas. Capitán Swing.
- Wrzesniewski, A., & Dutton, J. E. (2018). Crafting a job: Revisión y extensión de la teoría del diseño laboral. Academy of Management Annals, 12(2), 109-142.





